Jorge Martínez - España

 

Hice mis estudios en el Seminario diocesano de Oviedo, Asturias, España,  y allí me ordené sacerdote en 1963, en pleno espíritu conciliar. En Asturias, trabajé como consiliario en la JOC y en la JARC y estuve en contacto con los curas obreros. De hecho, estuve unos diez años integrado en ese movimiento, aunque de forma un poco tangencial, porque yo estaba como cura obrero, pero desde la enseñanza y, además, siempre conservé mi parroquia. Precisamente esta circunstancia de la enseñanza me llevó a la necesidad de profesionalizarme civilmente. Por eso, hice Filosofía y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, que se inauguró precisamente con mi promoción.

Durante esos años, los últimos del franquismo, estuve también implicado en la creación de dos sindicatos clandestinos en aquel momento: La Unión Sindical Obrera (USO) y la Unión Campesina Asturiana (UCA). Cuando había terminado mis estudios universitarios me dio otra corazonada: venir a Latino América a ofrecer mis servicios.

Llegué a Guatemala a finales de octubre de 1979, a la diócesis de Santa Cruz del Quiché, donde estuve sólo 9 meses, porque por la mucha represión del ejército en contra de la Iglesia, se cerró la diócesis. Allí estuve junto con otros cuatro compañeros de Asturias, porque la diócesis tenía un convenio con la diócesis de El Quiché. Al cerrarse la diócesis del Quiché, mis compañeros se regresaron a Asturias, pero yo le pedí permiso a D: Gabino  Diaz Merchán, el obispo de Asturias,  para irme a Nicaragua, donde la revolución sandinista estaba celebrando su primer aniversario.

Allí estuve tres años colaborando con el Gobierno en el Programa de la Educación de Adultos, y regentando una parroquia rural. En este tiempo, salieron a refugiarse a Chiapas, México, más de 50 mil indígenas guatemaltecos, huyendo de la represión del ejército. El obispo  de San Cristóbal de Las Casas,  D. Samuel Ruiz, para poder atenderlos, creó un Comité de Solidaridad y la diócesis solicitó personal para integrarse a ese comité. Así es como yo llegué a Chiapas, en enero del 83.

Me integré al comité y estuve en el mismo durante 9 años, hasta enero del 92, fecha en que retorné a Guatemala, porque ya empezaba el retorno de los refugiados y, sobre todo, porque había tomado la determinación de casarme con una compañera de trabajo, que hasta ahora es mi esposa.

Al regresar a Guatemala, junto con otras personas que habían estado apoyando en el refugio, creamos una instancia centroamericana: SEFCA (Servicios Ecuménicos de Formación Cristiana en Centro América), cuyo objetivo era contribuir a recuperar la esperanza de centenares de líderes cristianos que habían estado muy comprometidos con las luchas sociales en sus respectivos países: El Salvador, Guatemala. Honduras, Nicaragua...Y se sentían muy frustrados por los resultados. "¿Mereció la pena tanto sacrificio?" Era la pregunta que se oía con más frecuencia. Esta experiencia me permitió estar en contacto con todos los países centroamericanos en aquellos años tan conflictivos y también trabajar muy de la mano con varias iglesias evangélicas, porque el proyecto era ecuménico. Mi esposa y yo vivíamos en Guatemala y trabajamos 15 años en este proyecto hasta nuestra jubilación, en el año 2007, cuando nos regresamos a Chiapas.

Nos venimos a vivir en la misma región donde estuvimos trabajando con los refugiados, porque tiene un clima agradable y todavía conocíamos a bastantes de los Agentes de Pastoral de los de  antes. Mi esposa está integrada en el trabajo diocesano con mujeres y yo estoy apoyando en la formación de catequistas en varias parroquias y asesorando a las Comunidades Eclesiales de Base (CEBS) y otros trabajo orientados a la formación de laicos. De hecho, estoy aceptado como agente de pastoral a nivel de la diócesis, cosa muy rara entre los curas casados.